martes, 14 de febrero de 2017

Los inmigrantes “malditos” del Saint Louis: el cruel antecedente de los refugiados que no pudieron entrar en los EEUU

El gobierno de Donald Trump estableció una restricción por 90 días para el ingreso a los Estados Unidos de inmigrantes de siete nacionalidades distintas. Por seis meses, se prohibió la entrada de los ciudadanos iraníes, sirios, sudaneses, libios, somalíes, iraquíes y yemenitas. Se trata de siete países de mayoría musulmana en los que operan las organizaciones integristas islámicas. Pero, además son naciones sacudidas por guerras internas que generaron un desplazamiento de refugiados de tal magnitud, que se ha convertido en una crisis humanitaria sin precedentes.


Aunque suspendida de momento por la justicia de su país, la decisión de Trump recuerda otros momentos de la historia de los EEUU, cuando anteriores presidentes decidieron cerrar las puertas a algunos grupos de refugiados judíos que escapaban de la violencia en su tierra natal a bordo del buque Saint Louis.

La maldición del Saint Louis
Los 900 inmigrantes que viajaban a bordo del buque SS Saint Louis creyeron que la pesadilla estaba cerca de llegar a su fin. Habían zarpado el 13 de mayo de 1939 desde Alemania con el propósito de llegar a Cuba y desde allí a los Estados Unidos, lejos de las deportaciones a los campos de exterminio nazis.
Muchos de ellos se habían visto obligados a liquidar sus bienes a precio vil para comprar los boletos y pagarle a los diplomáticos cubanos un soborno de hasta U$S 300 por las visas que les exigían para abordar el buque. No les faltaron compradores en la Alemania nazi; en esos días, se construyeron fortunas gracias al apuro por vender de las familias judías que deseaban salir a toda costa del infierno nazi.

El 27 de mayo, cuando el Saint Louis se encontraba frente a Cuba y los refugiados preparaban sus equipajes para desembarcar, el capitán Gustav Schroder les informó que las autoridades cubanas le habían negado el permiso para entrar en La Habana. En esos días la isla era la puerta de entrada a los EEUU y Washington había decidido presionar diplomáticamente para frenar la llegada masiva de judíos por esa ruta. Además, el gobierno cubano había tomado nota de los 40.000 manifestantes que se reunieron el 8 de mayo anterior en el centro de La Habana para “luchar contra los judíos, hasta echar al último”

El capitán Schroder y sus oficiales, todos ellos alemanes, estaban lejos de comportarse con la furia antisemita habitual de los nazis. Es por eso que, por ejemplo, habían accedido al pedido de algunos pasajeros para que el retrato de Hitler fuera retirado de los salones cuando realizaban sus ceremonias religiosas.

Al tanto del destino que les deparaba a sus pasajeros y tras una semana de esperar que los cubanos admitieran su desembarco, Schroder se dirigió a La Florida. Otra vez, afrontaron la espera frente a la costa y los pedidos en vano para que se permitiera el ingreso de los judíos alemanes. Las peticiones de los comités judíos en EEUU al presidente Franklin D. Roosevelt, no cambiaron la decisión de cerrar la puerta a la llegada de los pasajeros del Saint Louis.

Finalmente, el capitán ordenó poner rumbo de regreso a Europa. El Comité Judío Norteamericano pagó 50.000 dólares para que la empresa naviera aceptara desviar el rumbo y evitara así desembarcar a los pasajeros en Alemania. Desde ese día y hasta que atracaron en Amberes, Holanda, el 17 junio, a bordo del buque se vivió un clima de desesperación y derrota. Un pasajero decidió cortarse las venas y arrojarse al mar, antes que enfrentar el cautiverio que prometía el riesgo del retorno a Alemania. Al llegar a su destino, los 900 judíos comenzaron una batalla dispar para evitar los campos de exterminio.


El incidente del Saint Louis fue cubierto por la prensa mundial y desnudó la política de restricción selectiva de inmigrantes que llevaba adelante el gobierno norteamericano. Excusados en la necesidad de protegerse de la llegada descontrolada de inmigrantes y en la política aislacionista que propuso Roosevelt en su carrera a la presidencia, el que fuera una tierra abierta de los inmigrantes, se convirtió en un país vedado casi por completo para los que buscaban asilo frente a la violencia nazi.

Fronteras cerradas
A partir de las Leyes de Núremberg de septiembre de 1935, se hizo evidente que los judíos alemanes eran un objetivo prioritario para el nazismo. Privados de sus derechos civiles y sometidos al asedio violento de las milicias paramilitares de Hitler, emprendieron de a miles el camino del exilio. La anexión de Austria y luego de Checoslovaquia, desnudó los planes expansionistas del nazismo y llevó a comprender que la guerra que se adivinaba en el horizonte, era un riesgo potencial a todos los judíos europeos.

En la Conferencia de Evian de julio de 1938, Estados Unidos y las potencias extranjeras trataron la cuestión de los refugiados, pero no lograron ponerse de acuerdo respecto a una política para cobijar a los judíos que escapaban de las regiones dominadas por el nazismo. En ese mismo año, 36 mil judíos escaparon de territorios dominados por Hitler. Al año siguiente, que terminaría con el continente sumergido en una guerra total, el número de hebreos que escapaban se duplicó.

Ese era el contexto de la huida de los refugiados del Saint Louis. La negativa de EEUU a recibirlos, estaba basada en un impedimento legal concreto; desde 1924, regía en EEUU de un sistema de cuotas de refugiados judíos denominada “Immigration and Nationality Act” (INA), que establecía un riguroso sistema para entrar a los EEUU.

Creada con la excusa de proteger a los trabajadores locales de la competencia de los inmigrantes, en tiempos de Roosvelt la INA se reforzó con nuevas barreras burocráticas como la exigencia de un trabajo garantizado en EEUU y más tarde del requerimiento de un certificado de buena conducta expedido por las autoridades del país de origen. Estaba claro que ningún nazi iba a colaborar con un judío a la hora de entregarle tal documento para escapar de la persecución. Luego, a instancias del Secretario de Trabajo Frances Perkins, se acordó relajar las restricciones y se estableció el pago de una caución depositada por un patrocinante local, que actuaba como garantía para la entrega de visas. Sin embargo, los intentos de Perkins apenas fueron suficientes para que el cupo de visas fuera ampliado en unos pocos miles, hasta llegar a los 27.300 en 1938. Los judíos del Saint Louis, habían llegado tarde; el cupo de judíos a había sido cubierto.

Por presión de las organizaciones judías, se presentaron varios pedidos para reformular el INA ante el Parlamento norteamericano. Pero entre la mayor parte de los legisladores estaba presente el mismo temor ante la inmigración masiva y ninguno de los pedidos pudo prosperar.

Hacia 1939, el gobierno norteamericano había autorizado el ingreso de 27.000 judíos alemanes o austriacos, lo cual contrastaba con los 309.000 pedidos de refugio que habían recibido. Para ese momento, unos 400.000 judíos habían huido de territorio nazi. En Alemania y Austria, quedaron un cuarto de millón que no pudieron huir por carecer de medios para lograrlo o simplemente porque eran ancianos que no podían afrontar el rigor del exilio.

El gobierno norteamericano no fue el único que estableció cuotas de refugiados. También lo hicieron los británicos, que en los tiempos inmediatamente anteriores a la guerra fijaron un límite de 40.000 visas para judíos alemanes y austriacos. Una de las únicas excepciones fue el “Kindertransport”, el pomposo nombre que recibió el plan de 1938 para recibir 10.000 niños alemanes judíos, que fueron enviados sin sus padres a territorio británico. En EEUU, se intentó llevar adelante un plan similar para recibir a 20.000 niños desde Alemania. El proyecto de Ley conocido como “Wagner – Roberts” que lo hubiera permitido, no recibió los votos suficientes ante la negativa del presidente Roosevelt a avalarlo frente a los legisladores de su partido.

Ante las críticas de una parte de la opinión pública por la política de no asilar a los judíos, muchas de ellas surgidas luego de conocerse el caso del Saint Louis, Roosvelt se defendió de un modo curioso. El 5 de julio de 1940, se justificó diciendo que “Ahora bien, por supuesto, se debe controlar al refugiado porque, lamentablemente, hay algunos espías entre los refugiados, tal como se ha comprobado en otros países. Y no todos ellos son espías voluntarios. Es una historia bastante horrenda, pero en algunos de los otros países a los que han ido los refugiados alemanes, especialmente los refugiados judíos, descubrieron una gran cantidad de espías absolutamente comprobados”. Y para disminuir el nivel de los cuestionamientos, apoyó un proyecto de su asesor, James Mc Donald, para que se concedieran visas especiales a intelectuales y científicos judíos como Albert Einstein y Sigmund Freud que huían de Europa.

Desde el momento en que estalló la guerra en Europa, unos 400.000 judíos habían logrado huir del continente. Los cupos estrictos y las limitaciones del INA lograron que apenas 90.000 de ellos, unos de cada cuatro de los pretendían hallar refugio en EEUU, recibieran el permiso.


En 1941, una nueva ley nazi había prohibido la inmigración de los judíos. Con las tropas de Hitler estacionadas en la mayor parte de Europa, aquello significó una condena a muerte a manos de las escuadras de la Gestapo especializadas en la captura de fugitivos. Entre ellos, estaban los refugiados del Saint Louis, que tras el regreso fueron recibidos por Holanda, Francia y Bélgica. Cuando las tropas de la Wermacht ocuparon esas naciones, tuvieron que iniciar otra vez la huida. De los 900 pasajeros judíos del Saint Louis, 250 fueron capturados y enviados a los campos de concentración nazis, desde donde nunca más volvieron.

El ingreso de EEUU a la guerra en 1941, relajó las restricciones al ingreso de judíos a los EEUU. En total, unos 200.000 europeos de esa comunidad llegaron a ese país hasta la fecha de la derrota alemana, aunque las fechas de su ingreso indican que para ese momento la mayor parte de sus familiares ya habían perecido a manos de las escuadras de la Gestapo o en los campos de la muerte que manejaban los SS alemanes.

Gran Bretaña cubrió su cupo de 40.000 refugiados. Del resto, unos 60.000 huyeron a Palestina, en donde afrontaron una nueva odisea para entrar a las tierras administradas por los británicos, que intentaron frenar su ingreso a costa de cientos de víctimas. Unos 75.000 judíos llegaron a América Central y del Sur. En algunos países como Argentina, las leyes de inmigración que prohibían expresamente el ingreso de judíos obligaron a que muchos ingresaran con documentos falsos o por pasos fronterizos remotos. Otros, viajaron tan lejos como la ciudad china de Shangai, en donde los japoneses toleraron con curiosa paciencia la llegada de 18.000 judíos.

Hoy y ayer, el mismo drama
La política de restricción al ingreso de determinados grupos nacionales no es una novedad ni en los EEUU ni en la mayoría de los países occidentales que hoy intentan hacer frente a la marea humana generada por los conflictos actualmente en su periferia. De acuerdo al Alto Comisionado de Naciones Unidas para los refugiados, solo el conflicto sirio provocó la huida de 4,85 millones personas. El total de refugiados mundial en 2017, según estimaciones de la misma agencia, trepa a los 18 millones de seres humanos, la mayoría de las cuales provienen de los siete países contemplados en la restricción de visas firmada por Trump.


La historia del Saint Louis, se vuelve a repetir en miles de formas cada vez que los gobiernos de occidente planean restricciones, cupos o hacen culto a las políticas aislacionistas. El cierre de las fronteras y los esfuerzos para que algunos grupos nacionales regresen a sus tierras de origen, significa una condena a muerte en suspenso. Es lo que vale para los yasidíes iraquíes y sirios perseguidos por el ISIS, lo mismo que para cristianos y babilonios sirios cuyas comunidades fueron destrozadas por los fanáticos islamistas. La lista de comunidades alcanzadas por la lista de Trump es más amplia: sudaneses católicos que huyen de las bandas islamitas, los eritreos que escapan de la revancha de los etíopes, libios seculares que escapan de los integristas musulmanes que dominan algunas regiones del país tras la caída del dictador Gadafi o los somalíes que huyen de la guerra entre facciones que sacude a ese país desde hace décadas.

Para tomar un ejemplo, se calcula que en 2003 la comunidad cristiana iraquí reunía a un millón de personas. La guerra y el fanatismo religioso, disminuyó ese número a la cuarta parte. Muchos murieron ejecutados por los verdugos del ISIS y otros grupos integristas. El resto, huyó para no correr la misma suerte.

La enorme ironía que hace que la historia del Saint Louis siga vigente es que, otra vez, el escenario de errores, intereses internos y omisiones vuelve a repetirse. Y los políticos de los países que reclaman un freno estricto a la llegada de refugiados, provienen de la misma casta que en gran medida contribuyó con la creación del clima propicio para la huida masiva de ciudadanos de las tierras en conflicto.

La Alemania nazi fue un producto de las imposiciones de posguerra hechas por EEUU y las potencias que triunfaron en la Primera Guerra Mundial. Su expansionismo, el resultado del aislacionismo norteamericano y la tibieza política de sus aliados, que les impidieron frenar a tiempo la locura bélica de Adolfo Hitler. La historia del barco con 900 refugiados judíos no hubiera ocurrido de no haberse producido semejante sucesión de hechos.

En los siete países que figuran en la lista de Trump, sucede nuevamente la misma concatenación de factores. Las anteriores administraciones en Washington contribuyeron a que Libia, Siria, Irak y el resto de los países experimentaran cambios políticos profundos que condujeron a los actuales conflictos. La guerra y posterior ocupación de Irak desde 1991 es la explicación más decente para explicar no solo a los refugiados, sino además el surgimiento de los grupos radicalizados que obligaron a huir a millones de ciudadanos. El mismo juego de intereses e intervenciones se repite en las otras seis naciones cuyos habitantes se encuentran ahora alcanzados por la prohibición de ingreso.



El presidente Donald Trump no intervino en el juego previo que condujo a los conflictos que generan la crisis de refugiados, pero sí decidió hacerle caso a los reclamos que recogió en su campaña presidencial de parte de sectores locales –muy amplios, por cierto -que pedían lo mismo que sus compatriotas un siglo antes: frenar el ingreso de mano de obra extranjera, aislarse de las consecuencias de la violencia en otros países y proteger a la patria de la llegada de “espías” peligrosos, como supo especular Roosevelt en su momento.

Regresemos por un momento al año 1939 y a los pasajeros del Saint Louis. En los camarotes, había hombres y mujeres de todas las edades, que buscaban rehacer su vida tras escapar de una muerte asegurada. Y encontraron un muro de excusas y  razones de parte de países que habían colaborado para crear las condiciones que los llevaron hasta sus costas.


El reciclaje de ideas y los escenarios que se repiten, son un signo de las historias que nunca se resuelven de un modo positivo. Es lo que sucedió con el viaje de los 900 judíos que iban a bordo del Saint Louis. Los 250 que fueron asesinados por no haber sido recibidos, reclaman que al menos se revise la historia para no cometer, otra vez, la misma clase de errores.



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